MI TIERRUCA BORINCANA
Trina Padilla De Sanz
Es una tierra preciosa,
es una encantada tierra,
es un bello paraiso
mi tierruca borinqueña,
Dios, al repartir sus dones,
la prefirió con largueza,
púsole por dombo un cielo
tachonado con estreIlas,
le dio un mar de azul zafiro
que en las mañanas serenas
se guarnece con encajes
de algas, espumas y perlas;
cuando se arrebuja airoso
en ese manto de fiesta
le envidian los siete mares
que rodean a la tierra.
Tiene una flora fecunda,
una primavera eterna
derrama sobre sus campos
el polen de vida egregia,
y jardines son sus valles,
y sus colinas de seda,
guardan en peluche verde
flores que parecen perlas
o simulan esmeraldas
por sus formas, gigantescas...
¡Es una tierra preciosa
mi tierruca borinqueña!
En esta cálida zona
de los indios resídencia
vivió un pueblo altivo y noble,
infantil en su pobreza
que no conoció la envidia,
que no soportó cadenas,
que era dueño de sus mares,
de sus rios y sus sierras
y la ambición de otros hombres
lo dejó sin sus viviendas.
Han pasado las centurias
con su séquito de penas,
y tras formidable lucha
de pasiones traicioneras
poco a poco hemos perdido
a pedazos nuestra tierra
disputándosela todos
como artículo de feria...
unos, con noble derecho,
otros, con miras famélicas...
Desde Colón que echó el ancla
en el nombre de una reina
que dio joyas y dio hombres
que expusieron la existencia
por explorar entre brumas
esta hija del mar, inédita,
y con la cruz y la espada,
deslumbrando la inocencia
del indio viril, salvaje,
que se rindió a sus promesas,
aqui la injusticia manda
aquí la injusticia impera.
Mas triunfó la enseña santa
que al Redentor nos recuerda,
y al elevarse la hostia
como una inmensa azucena,
como una luna de plata,
como una sagrada gema,
cayó el indio conquistado
con la frente baja, en tierra,
y se oyó la primer misa
en la campiña riqueña...
Ya deshoja sus palmares
la liturgia de la iglesia,
y a los atónitos ojos
de la raza de la selva,
se hicieron ritos cristianos,
se izó la primera enseña,
hasta entonces solo el indico
vio notar en sus riberas
las verdes hojas vibrantes
pendón que arrulló su siesta,
y el idioma castellano
dio a los ecos de sus selvas
la palabra, Dios, que hizo
estremecer nuestra tierra...
Con esa cruz y ese idioma
que fue para el rudo atleta
música nunca escuchada,
sinfonía dulce y tierna
hubiera sido dichosa
mi tierruca borinqueña...!
Pero al olor de la sangre
el león se despereza,
y se preparó terrible
con las fauces entreabiertas,
y hubo lucha sanguinaria,
y hubo desgracias, y penas,
y la historia nos refiere
que soldados de la Iberia
vestidos todos de acero
con espadones, cimeras,
arcabuces y clarines
y un valor a toda prueba,
hicieron su campamento
en mi tierra borinqueña.
Y el indigena, que entonces
sólo escuchara por guerra
el rumor del huracán
y los crestones que quiebra
el mar sobre la dorada
planicie de sus arenas,
enmudeció con asombro,
irguió la cetrina testa,